Una revolución bolchevique en las islas Georgias

En 1920, en las islas Georgias del Sur, una huelga liderada por marineros de balleneros contratados en La Boca derivó en un soviet argentino frente a la ocupación ilegal británica, proclamando la “primera república bolchevique fuera de Rusia”. Una página desconocida de la historia del movimiento obrero argentino.

Un barco de la CAP encallado en las Georgias con la bandera argentina en su chimenea

Hace un siglo, en las islas Georgias del Atlántico sur, sucedió una “revolución bolchevique”. Los protagonistas fueron trabajadores de la Compañía Argentina de Pesca (CAP) contratados en el barrio de La Boca a fines de 1919. La CAP era una empresa argentina creada en 1904 con Ernesto Torquinst al frente. Ese mismo año, con ayuda de la Armada Argentina, la compañía instaló la factoría ballenera en Grytviken –isla San Pedro– deshabitada hasta entonces, por lo que se trasformó en el primer asentamiento humano permanente de las islas Georgias del Sur.

El contexto fue el auge del imperialismo europeo. Las importantes ganancias de esta estación llamaron la atención de los británicos, quienes aparecieron en esa isla en enero de 1906 con el crucero de guerra HMS Sappho. Bajo la mira de sus poderosos cañones, el comandante del buque ordenó izar la bandera británica en la isla, sin dejar mucha opción a los locales. De todas formas, durante varios años, buques de la Armada Argentina continuaron visitando las islas para realizar tareas científicas. Ya en 1905 habían instalado un observatorio meteorológico que operó con bandera argentina hasta 1950, cuando fue unilateralmente clausurado por los británicos.

La estación meteorológica Argentina en Grytviken, año 1923

Con el colonialismo británico llegaron también empresas de otros continentes, principalmente europeas. Algunas de ellas utilizaron mano de obra semiesclava de origen africano. Pero Argentina continuó brindando trabajadores a la CAP y a otras compañías, además de ser el principal proveedor de alimentos. La CAP tenía cine, cancha de fútbol, hospital, panadería, carnicería, estación de radio, biblioteca y usina hidroeléctrica. Esto hacía la vida de los trabajadores más llevadera en el aislamiento. Pero las condiciones de explotación se fueron haciendo cada vez más duras, lo que provocó huelgas frecuentes que desembocaron en una pequeña pero significativa “revolución”.

La Revolución Rusa de Octubre de 1917 tuvo repercusión global, generando pánico entre los capitalistas de las potencias imperiales. Al mismo tiempo, generó esperanzas entre los trabajadores que veían en ella la posibilidad de construir un mundo más justo. El marxismo recibió nuevo impulso, así como la organización de soviets, que consistían en consejos de obreros, soldados y campesinos. Estas ideas revolucionarias y los temores del poder económico llegaron a Buenos Aires. Si bien el marxismo no lograría instalarse como la principal ideología del movimiento obrero argentino, el espanto de la clase hegemónica ante la toma del poder por los bolcheviques, sumado a sentimientos antisemitas, desencadenarían en enero de 1919 en la zona sur de Buenos Aires la Semana Trágica.

En la primavera de ese año, en una Buenos Aires aún convulsionada, un grupo de obreros fue contratado por la CAP para trabajar en la factoría de isla San Pedro. En noviembre, un vapor abandonó el puerto de Buenos Aires con aquel grupo de hombres que crearían el soviet del Atlántico Sur.

El 11 de enero de 1920 comenzó en Grytviken una huelga impulsada por esos treinta y seis obreros, en su mayoría de origen ruso. Se autodenominaron bolcheviques y, según archivos en Noruega y Puerto Argentino, estaban liderados por Hersh Schwartz y Oscar Johansen, este último un “comunista argentino”. Rápidamente lograron sumar a más de doscientos compañeros de varias compañías balleneras y presentaron sus demandas con un escrito en español. Además de exigir mejores condiciones de trabajo, reclamaban que sus salarios fuesen pagados en pesos argentinos, al igual que las horas extras y una jornada laboral máxima de ocho horas. Al no recibir respuesta positiva, los huelguistas destruyeron maquinaria y amenazaron con atacar a las autoridades de ocupación británica, las cuales en un acto de desesperación enviaron un barco arponero a islas Malvinas, pidiendo un buque de guerra para detener a los huelguistas. Además, destruyeron los fusiles de caza para evitar que fueran utilizados en su contra por los trabajadores. En sus informes manifestaron no poder controlar la situación ni poseer poder suficiente para expulsar a los líderes. Describían a los obreros en “actitud agresiva y amenazante, negándose a trabajar y dictando sus propias reglas”.

Los trabajadores guiados por su vanguardia bolchevique formaron un gobierno soviético bajo la consigna “¡trabajadores balleneros del mundo, únanse!”, y según los historiadores noruegos Johan Tonnessen y Arne Johnsen, proclamaron la “primera república bolchevique fuera de Rusia”, al tiempo que le exigían a las autoridades de la compañía expulsar de la isla a los únicos tres obreros que se habían negado a la huelga. El 17 de enero llegó el crucero británico HMS Dartmouth desde Islas Malvinas. Los trabajadores resistieron pero fueron reprimidos: el gobierno de ocupación se reestableció en la isla. Dieciséis de los líderes fueron expulsados en dos barcos arponeros a Buenos Aires.

Sin embargo, el fervor de la lucha obrera no cesó: con la llegada de la primavera comenzó una huelga en la Patagonia argentina, la “Patagonia Rebelde” que finalizaría con una feroz represión. La historia del soviet bolchevique en Grytviken se inscribe en esos años febriles y sangrientos del movimiento obrero argentino.

La CAP tendría una historia de importantes ganancias y brindaría su apoyo a numerosas campañas antárticas argentinas. Pero a principios de los años sesenta, luego de la caída de la industria ballenera, cerró sus instalaciones después de haber sido la empresa con mayor presencia ininterrumpida. Si bien la caza ballenera ya no se practica en la zona, los británicos mantienen dos funcionarios para sostener formalmente su ocupación ilegal y seguir cobrando millonarios permisos de pesca a barcos extranjeros, en contra de lo dispuesto por la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, según la cual el régimen de administración es multilateral. Frente a esta explotación ilegítima y para salvaguardar la fauna marina, Argentina realiza inspecciones de acuerdo con la mencionada convención, como lo hizo por última vez el buque Dr. Eduardo L. Holmberg en 2013.

Puerto de Grytviken, año 1914

Los trabajadores argentinos de la CAP no serían los últimos en habitar las Georgias del Sur. El regreso de obreros argentinos a la isla San Pedro en marzo de 1982 fue la chispa que dio el impulso final al desembarco argentino en las islas Malvinas. Un empresario argentino había enviado a esos obreros para desmantelar y usar como chatarra los restos de una estación ballenera. Los obreros llegaron a la isla San Pedro en un barco de la Armada Argentina y según las autoridades británicas, no cumplieron el trámite de reportarse formalmente. Allí izaron una bandera argentina, lo cual fue reportado a Londres. Desde Malvinas llegó una fuerza militar para expulsarlos a la fuerza. Fue en medio de esta crisis diplomática, con barcos militares de ambos países en los alrededores de San Pedro, que Argentina recuperó las Malvinas el 2 de abril. Al día siguiente le llegaría el momento a las Georgias del Sur, cuando las fuerzas argentinas vencieron a los infantes de marina británicos, debiendo lamentar tres muertos y la pérdida de un helicóptero. San Pedro se encontraba nuevamente bajo bandera argentina, pero no por mucho tiempo. Dos semanas después llegaron buques británicos y hubo otro breve pero duro combate donde se perdió al submarino ARA Santa Fe y murió el submarinista Félix Artuso, cuya tumba en Grytviken es una huella de esos enfrentamientos.

Muy cerca, a pocos metros, aún se encuentran algunos barcos de la CAP encallados. En sus chimeneas se puede distinguir pintada la celeste y blanca, un testimonio de la soberanía legítima sobre aquellas islas que nunca Argentina dejó de reclamar y que forman parte también de la historia del movimiento obrero argentino.

Pablo Fontana, historiador del Instituto Antártico Argentino, investigador del Conicet. Autor de “La pugna antártica” (2014).

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