12 de septiembre: Día de la industria naval y la frustración nacional

El Día de la Industria Naval se conmemora desde el 12 de septiembre de 1961, cuando se lanzó el ambicioso Plan Esteverena para construir 38 grandes buques en el país. Pero a los diez meses, el proyecto se canceló. Fue así que, la fecha terminó conmemorando una gran frustración nacional.

El desarrollismo de los 60 impulsó la construcción naval; en 1983 alcanzó un máximo de 60.000 empleos y 400 millones de dólares anuales (0,26% del PBI). Pero en 1984, el Estado suspendió los factores indispensables: el crédito naval fue eliminado y nunca más se reactivó, la importación de barcos usados sin impuestos pasó a ser la regla en vez de la excepción y el Estado dejó de comprar barcos en el país.

Esta antipolítica mantenida por más de 30 años empeoró en los dos últimos. El Estado “aprobo” dos pésimas leyes de “destrucción” de la Marina Mercante y la industria naval.

Además importó en forma dudosa e inconveniente, barcos patrulleros (PNA y ARA) y de investigación (Inidep), que pueden construirse en el país en mejores condiciones.

Este Gobierno ha hecho lo que ninguno se había animado, comprar en el exterior masivamente barcos para el Estado que podría comprar a la industria argentina, pública o privada, por 500 millones de dólares.

Es el acto de corrupción más grande de la historia de la industria naval la compra de barcos por U$S 500 millones al astillero estatal francés más corrupto del mundo; socio de Odebrecht y coimas comprobadas por U$S1.000 millones.

El Gobierno argentino compra en este momento los barcos de la Armada al astillero francés de manera directa, sin licitación y a precios exorbitantes.

Desde 1980 a la actualidad se perdió el 90% de la actividad. En ese lapso el sector pasó de 60 mil puestos de trabajo a menos del 10%. De 400 millones de dólares de valor naval, a 38 millones.

El problema no ha sido la competitividad. La razón han sido las políticas del Estado, que fueron opuestas a las que llevaron adelante, no solo las potencias, sino países vecinos como Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Paraguay, Uruguay.

En los países marítimos existe una fuerte articulación pública-privada. En 1974 YPF se disponía a importar dos buques grandes de su flota. Perón consultó al sector naval antes de dar su aprobación. Nunca se había hecho proyectos o construido barcos de ese tamaño pero se informo que se estaba en condiciones de hacerlo. Tiempo después YPF recibía los petroleros de 60 mil toneladas, hasta ahora son los más grandes que ha diseñado y construido el país.

La falta de apoyo de organismos estatales en el desarrollo de la industria nacional puede resumirse en la Prefectura. La fuerza en toda su historia nunca construyó un barco en la Argentina.

La importación indiscriminada de barcos libre de impuestos en la Hidrovía y la industria pesquera generó que desde 1990 se pierdan 40 mil puestos de trabajo, el estado perdió de recaudar 800 millones de dólares y se fueron 1500 millones de dólares en la importación.

Los cuatro casos recientes que confirmaron esa política de priorizar la importación: son los buques de investigación del INIDEP, las patrullas fluviales de Prefectura, los remolcadores para ENARSA y los patrulleros de la Armada.

Estos casos generaron la pérdida adicional de 5 mil puestos de trabajo, 50 millones en impuestos y 300 millones en divisas desperdiciadas.

Otro aspecto clave para cualquier industria naval del mundo es el rol del Estado. Y sobre este eje es donde justamente tenemos debilidades. Hace 40 años que no tenemos ningún sistema adecuado de financiamiento naval, que es la principal medida de política de incentivo para que un armador prefiera construir en un país y no en el exterior.

Por ejemplo: En algunos países, como Estados Unidos, está prohibida la importación de barcos. Y en Brasil, durante muchos años, estaba permitida, aunque nadie lo hacía porque los sistemas de incentivos para construir en el país eran muy beneficiosos.

Por lo tanto, la clave no es prohibir, sino incentivar. A los argentinos nos conviene que los barcos sean construidos en el país y podemos hacerlo competitivamente, pero el Estado tiene que permitirlo. Si la industria no recibe créditos y está abierta la importación de buques usados sin impuestos, es imposible.

Paradójicamente, una de las principales exportaciones de España a Argentina son los barcos. España nos ha vendido muchos barcos, en su mayoría usados; ellos los descartan, porque son inseguros, poco competitivos, poco ecológicos y porque tienen sistemas que incentivan el descarte y les dan la posibilidad de construir nuevos. Pero por otra parte, uno de los principales productos que España importa de Argentina son productos de la pesca. Tenemos una gran riqueza natural ictícola y un mercado que la quiere, como los españoles.

En esta línea, en los últimos 15 años, Brasil pasó de tener 2.000 empleos en la industria naval a casi 90.000. Lula da Silva dijo: “Hemos encontrado una de las mayores riquezas petroleras costas afueras, que revolucionará nuestra economía. Pero este petróleo no es de Petrobras, de los obreros de la industria y ni tampoco del Gobierno; es de todos los brasileros. Entonces, la mejor forma de distribuir la riqueza es que los barcos para la industria petrolera marítima de Brasil sean construidos en el país. Así, daremos trabajo y distribuiremos la riqueza”. Y eso hizo. Crearon un sistema de financiamiento y sistemas para que inversores extranjeros, en lugar de construir los barcos en España o Corea, se instalaran en Brasil y los construyeran con mano de obra, ingeniería y desarrollo local. Así funcionó la política entre 2000 y 2015 y “explotó” la industria, brindando trabajo y desarrollo. Acciones similares deberíamos encarar nosotros con la industria pesquera.

Es una decisión política, es una decisión detrás de la cual hay medidas concretas: sistemas de financiamiento, sistemas de incentivos y permisos de pesca. En esas medidas, está la posibilidad real del desarrollo. No tenemos que inventar la rueda, porque ya está inventada. Para que el sistema funcione, debe haber créditos para la industria naval y medidas de incentivos, para que los armadores argentinos prefieran construir los barcos que necesitan en astilleros argentinos competitivos. Mientras no haya buena política industrial naval, seguirá la frustración que hoy se conmemora nuevamente.

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