La Masacre de Trelew

La cárcel de Rawson, una de las más seguras del país, comenzó a relacionarse con la represión política poco después del Viborazo de marzo de 1971, cuando el gobierno militar trasladó a ese penal a los detenidos durante la rebelión popular cordobesa. En abril de 1972, alrededor de 200 prisioneros políticos compartían seis pabellones, colmando prácticamente la capacidad edilicia. En las inmediaciones había una base aeronaval con 600 soldados, dos aviones de reconocimiento, una compañía de Gendarmería con refuerzo de Ejército estacionada a cinco cuadras de la prisión, 500 efectivos de la policía provincial y una delegación de la Policía Federal, además de los 60 hombres del Distrito Militar de Trelew y la Base Naval de Puerto Madryn, con helicópteros a 60 kilómetros de Rawson, y la octava brigada del V Cuerpo de Ejército en Comodoro Rivadavia. En este contexto, la fuga del penal de Rawson constituyó una de las operaciones guerrilleras de mayor repercusión en la historia argentina.

El 22 de agosto de 1972, 16 militantes y presos políticos, peronistas y de izquierda, pertenecientes a distintas organizaciones, fueron fusilados por las fuerzas armadas. La dictadura de Alejandro Agustín Lanusse, demostraba el accionar sangriento del Estado y anticipaba la metodología que, años más tarde, se utilizaría en la persecución y el exterminio de los militantes políticos.

La historia de una fuga que fue masacre

El 15 de agosto de 1972, 25 presos por razones políticas de distintas organizaciones como Montoneros, Fuerzas Armadas Revolucionaria (FAR) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) lograron fugarse del penal de Rawson, en Chubut. Sin embargo, por desinteligencias y confusiones entre quienes se fugaban y los responsables de garantizar el escape desde afuera de la cárcel, el plan original falló.

Solo seis personas logran salir del país rumbo a Chile, gobernado en ese momento por Salvador Allende. Este grupo, formado por dirigentes de las organizaciones, llegó a tiempo al aeropuerto de Trelew para abordar el avión que había sido previamente secuestrado. Los 19 restantes llegaron cuando el avión estaba despegando. Los militantes fueron rodeados por las fuerzas armadas y se rindieron ante la Marina.

La detención tras la fuga se llevó adelante en presencia de la prensa y un juez, especialmente convocados por los militantes para garantizar su integridad física. Frente a las cámaras y micrófonos pidieron retornar al penal de Rawson, garantizar su seguridad y, en concreto, que no los asesinaran. Sin embargo, contra lo pactado, fueron llevados a la Base Aeronaval Almirante Zar, en Trelew. Ante las protestas de los detenidos les informaron que solo sería transitorio y que volverían al penal en pocos días.

La fuga de los seis dirigentes guerrilleros entre los que se encontraban Mario Roberto Santucho, Fernando Vaca Narvaja, Marcos Osatinsky, Roberto Quieto, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna, había puesto en una situación muy tensa a la dictadura, que había dejado a escapar a presos tan “peligrosos”.

De esta forma, a modo de escarmiento, el 22 de agosto, los 19 prisioneros fueron sacados de sus celdas a las tres y media de la madrugada. Mientras se encontraban de pie con la vista puesta en el piso, tal como les habían ordenado, fueron fusilados y ametrallados a quemarropa.

Los presos políticos asesinados en Trelew fueron Eduardo Capello de 24 años; Ana María Villarreal de 36 años; Pedro Bonet de 30 años; Jorge Ulla de 27 años; José Mena de 22 años; Humberto Toschi de 25 años; Carlos del Rey de 23 años; Humberto Suárez de 22 años; Clarisa Lea Place de 23 años; Carlos Astudillo de 26 años; Susana Lesgart de 22 años; Mariano Pujadas de 24 años; Miguel Ángel Polti de 21 años; Mario Delfino de 29 años; María Angélica Sabelli de 23 años y Alfredo Kohon de 27 años.

Sobrevivieron tres de ellos al fusilamiento: Alberto Miguel Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. Ellos fueron los encargados de contar la verdad, ya que la versión oficial del suceso indicaba que se había producido un nuevo intento de fuga, que resultó en 16 muertos y tres heridos entre los prisioneros, pero sin bajas en las filas de la Marina. Los tres sobrevivientes fueron secuestrados durante la última dictadura cívico-militar por las Fuerzas Armadas y aún permanecen desaparecidos.

Tras la masacre de Trelew, pasados unos días, los 16 militantes fusilados fueron velados en la sede central del Partido Justicialista, situada en avenida La Plata.

Allí se levantó una capilla ardiente. Ante los cadáveres desfilaron miembros de las diferentes agrupaciones enfrentadas a la dictadura de Lanusse. Lógicamente, la situación se tornaba insoportable para el gobierno que había ordenado los fusilamientos y, temía un levantamiento popular. Al frente de la guardia de infantería, el comisario Alberto Villar acordonó el sitio, dio por concluido el velorio y advirtió que no se toleraría ninguna manifestación fúnebre. Se utilizaron tanquetas y caballos para reprimir. Ingresando por la fuerza a la sede del Partido Justicialista. La dictadura que agonizaba lo hacía matando y reprimiendo.

En octubre de 2012, cuarenta años después de la masacre, la justicia declaró el hecho como un crimen de “lesa humanidad”. Allí, el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia resolvió condenar a prisión perpetua a los militares retirados Emilio Del Real, Luis Sosa y Carlos Marandino como autores de los 16 homicidios y tres tentativas. El Tribunal también absolvió a Rubén Paccanini, para quien se habían pedido dos años de prisión, y a Jorge Bautista, acusado de encubrir los crímenes. Luego, la Cámara de Casación Penal anuló dichas absoluciones. Aún continúa prófugo el teniente Roberto Bravo, que reside en los Estados Unidos y cuya extradición es denegada por jueces estadounidenses, pese a los reclamos de los organismos de derechos humanos.

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