El hundimiento del “Amapola” y el “Angelito”

“Buscan a 16 pescadores en alta mar”, tituló el diario El Atlántico el miércoles 18 de abril de 1990, cuando la angustia, la desesperanza y la consternación invadían en conjunto la vida de los familiares de las víctimas del naufragio de los barcos Amapola y Angelito. Un día antes y con “autorización de la Prefectura Naval”, estas naves habían zarpado del puerto local sin saber que en horas más los vientos, que soplarían a 100 kilómetros por hora, y las olas, que treparían hasta alcanzar los 18 metros de altura, pondrían en jaque sus futuros e historias para siempre.

La desdichada noticia, que provocó una salida en bloque de lanchitas amarillas para dar con los compañeros desaparecidos, se completó con una referencia explicativa no menos escandalosa, porque eran pocos y efímeros los indicios de supervivencia: “Temen por la suerte de los buques; uno era traído a remolque y se cortó el cabo. No contestan a los llamados de radio. Rescataron una balsa de auxilio. Otra lancha trataba de capear el temporal. El avión suspendió la búsqueda hasta hoy”.

Fue a las 13.10 de aquel martes 17 que la tripulación del Angelito informó a Prefectura Naval la desesperante situación que ambas naves sufrían en altamar. Que traían a remolque al Amapola, fue el último reporte del buque que llevó Carmelo Agliano como capitán. Luego, las comunicaciones se cortaron, y nunca más volvieron a reanudarse.

El título de tapa del 19 de abril fue aún más desalentador y contundente: “Encontraron restos de los pesqueros. No hay señales de vida”. El rastrillaje ordenado por el prefecto Luis Guillermo Giachino solo dio con tablas amarillentas, mesas, cajones, timoneras azules y fragmentos de telgopor en un radio de una milla a la redonda. De los marineros, ni noticias.

Para entonces, la banquina de los pescadores era epicentro de los reclamos y llantos de las esposas, hijos y padres de los 16 tripulantes desaparecidos. Las denuncias y las quejas vertidas durante aquellas tristes jornadas de otoño apuntaban contra los responsables de la Prefectura Naval que, a entender de los familiares, nunca deberían de haber dejado zarpar a estas embarcaciones, ante las reiteradas alertas del Servicio Meteorológico.

Para el viernes 20, el estupor en el que estaban sumergidas las esperanzas de la comunidad portuaria encontraron el anclaje empírico y dramático que los justificó: se había hallado el cadáver de Vicente Di Iorio, pescador del Amapola. “Una multitud recibió el cuerpo, rindiéndole en la banquina un postrer homenaje”, rezó el epígrafe de la única foto que ilustró el ensordecedor título “Día de duelo en la ciudad”.

Las informaciones que siguieron a estas fechas solo dieron cuenta de una búsqueda permanente, aunque infructuosa. Con el correr de los días, como suele pasar, el hundimiento dejó de ser novedad. El martes 24, apenas una semana después del naufragio, ni una sola mención mereció la tragedia marítima. A contramano de los hechos noticiosos, la incertidumbre y la angustia impregnó para siempre el cotidiano de los familiares de esos 15 tripulantes que, hasta hoy, permanecen desaparecidos.

Extracto del relato del naufragio simultaneo de los pesqueros “Amapola” y “Angelito”. Publicado en la pagina Frases Dispersas de Héctor Scaglione:

El “Amapola” embarcaba agua en forma peligrosa y su capitán comenzó emitir pedidos de auxilio. Estaba sin máquinas ni energía eléctrica… Se hundía. El capitán del “Angelito” (del mismo porte) decidió adoptar una actitud heroica -ayudar al hermano en desgracia- y optó por intentar tomarlo a remolque, maniobra que implicaría enormes riesgos. Al aproximarse el buque que tomaría el remolque quedaba en la cúspide y el otro en el seno de la ola. Subían o bajaban en movimientos constantes e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocaron accidentalmente, provocando un rumbo en la obra viva del “Amapola” y su situación empeoró. Después de varios peligrosos intentos, alcanzaron a pasarle el cable de acero para remolcarlos, logro de una verdadera hazaña. Todos seguimos los detalles de estas maniobras a través de las radios, alentándolos para que la suerte los ayude y pudieran lograr lo imposible. A los pocos minutos los del “Amapola” no pudieron controlar la inundación y comenzó a hundirse. El cable de acero unido al salvador, se tensaba sobre las cornamusas a las que estaba amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema. Del “Angelito” trataron de cortarlo con los elementos que tenían, pero no les alcanzó el tiempo. El gran peso del buque siniestrado, en camino al fondo marino, unido firmemente al que le había tendido la mano amiga… entre las olas tumultuosas se hundía también.

La mayor cantidad de hundimientos en esa zona se dio el 29 de agosto de 1946. Durante un terrible temporal, naufragaron las embarcaciones Palma Madre, Pumará, El Halcón, Happy Days y Quo Vadis. Ese día desaparecieron 30 personas en el mar. La segunda tragedia más importante se dio ese 17 de abril de 1990.

Aquellas muertes nos gritaron que los controles de Prefectura eran insuficientes, que los armadores estiraban más allá de la lógica el tiempo de mantenimiento y aún la vida útil de barcos que ya no resistían una ola más.

Una de aquellas naves, el Amapola, no tenía a bordo las mínimas medidas de seguridad e inclusive un tiempo antes de esa trágica jornada el siempre responsable Federico Contessi se había negado a “arreglar” en su astillero un barco al que ya consideraba insalvable.

Y para completar el cuadro -que se llevó también la vida de los marineros solidarios del Angelito que trataron un salvataje imposible para salvar a sus colegas- uno de los embarcados no era en realidad el que decía el rol de navegación que, se supone, controla Prefectura al momento de zarpar.

Nada parece haber cambiado demasiado.

Fuentes: Andrea Perez, Hector Scaglione

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